Jueves, 15 de Junio de 2017.
¡Menudo infierno de noche! No pude pegar ojo y, claro, Sergio el pobre tampoco porque con mis “excursiones” al baño… 🙁
Después de mucho pensar, mirar y dudar, decidimos que teníamos que cambiar definitivamente los planes; en un principio, aún nos quedaban otros tres hoteles a los que ir antes de Londres, pero yo no me veía ni con fuerza ni con ánimos para ir de aquí para allá. Sergio incluso estuvo mirando vuelos para volvernos antes, pero a mí me daba tanta pena marcharnos y que luego me pusiese mejor…
Así que finalmente nos decidimos por algo más o menos intermedio: buscamos un hotel que estuviese a medio camino de Londres (por si no mejoraba y decidíamos volvernos a casa), donde quedarnos el resto de las noches y que estuviese también lo más cerca posible de algunos planes que podríamos hacer en caso de que me encontrase mejor. Eso sí: para la noche de hoy no nos quedaba más remedio que seguir con el plan inicial e irnos al pub que teníamos ya reservado, en Quenington.

Mientras yo me duchaba, Sergio fue a desayunar y Martyn, muy amablemente y viendo la hora que era, no  dudó en dejarnos una hora más de la “oficial” de salida para que yo no tuviese que apurarme y pudiésemos recoger con tranquilidad. ¡Todo un ejemplo de amabilidad británica! Procuramos, aún así, acabar lo antes posible y dejar la habitación a la hora señalada porque sabíamos que tenía huéspedes para ese día.
Nos ayudó a llevar las cosas al coche y nos despedimos de él con mucha pena de no haber podido disfrutar de la zona, pero muy contentos de haber encontrado a una persona tan maja en circunstancias tan desagradables. ¡Ah! Y prometimos volver algún día…

Pusimos rumbo pues al siguiente hotel donde íbamos a hacer noche, situado a unos 40 kilómetros al este de Painswick. El viaje fue… más o menos… Y es que tuvimos que parar unas cuantas veces por mi culpa; no suelo marearme nunca en ningún medio de transporte, pero para mí el coche de este viaje se convirtió en todo un horror… 🙁

Como me daba mucha pena pasar por el considerado el pueblo más bonito de Inglaterra y no hacer una pequeña parada, hice de tripas corazón -nunca mejor dicho- y visitamos Bibury. Y la reflexión que a día de hoy nos hacemos es esta: ¡hay que volver!
Habíamos leído mucho antes de ir y visto muchas fotos, pero una vez allí, este pequeño pueblo de Los Cotswolds te sorprende y te enamora. Y eso, a pesar de la horda de turistas que lo invade.

Fue una visita más bien rápida porque yo seguía encontrándome bastante débil y no disfrutaba del sitio como lo hubiese hecho en otras circunstancias, pero aún así pudimos ver algunos de los lugares más emblemáticos, como su famosa Arlington Row, probablemente la atracción principal del pueblo. Se trata de una hilera de casitas típicas, con tejados abruptamente inclinados, que datan del siglo XVI.

Arlington Row en Bibury 1

Lidia en Arlington Row de Bibury

Arlington Row en Bibury 2

casita en Arlington Row en Bibury

¿No os parece de postal o de cuento? ¡A mí me encanta! Bueno, no en vano, estas casitas son la imagen más fotografiada del pueblo…

Cerca de allí se encuentra el hotel “The Swan”, uno de los más famosos de la campiña inglesa y donde, a decir verdad, no nos habría importado pasar unos días… ¡seguro que se me habrían quitado todos los males! Jijiji…

The Swan Hotel en Bibury

Y justo enfrente, la Bibury Trout Farm, una de las “granjas de truchas” más antiguas de todo el país. En ella, puedes pescar tu propia trucha que luego te cocinarán en su restaurante. A decir verdad, a nosotros que nos encantan las truchas, íbamos con la idea de comer allí -en un primer momento-, aunque fuese un poco una “turistada”, pero considerando las circunstancias… en fin… ¡para la próxima!

Bibury Trout Farm

Tampoco entramos a hacer la visita, pero sí que inspeccionamos su tienda de regalos donde nos hicimos con unos cuantos botes de clotted cream, entre otras cosas.

Ya de vuelta al coche, paseando por la orilla del río Coln, dejamos atrás Bibury con la idea en la cabeza (que a mí no se me ha quitado todavía) de resarcirnos de esta pobre visita…

Bibury

En apenas 5 minutos llegamos a nuestro nuevo hotel: el Keepers Arms, en la población de Quenington. De nuevo habíamos escogido un típico pub inglés para hospedarnos; aunque, si os soy sincera, tal y como me encontraba casi hubiese preferido irme a  un “hotel normal” porque, a pesar de que a la habitación no le faltaba de nada, el hecho de que el pub estuviese debajo lo hacía menos… ¿cómo decirlo?… “menos cómodo para la recuperación”.
Aún así he de decir que el sitio era guapísimo y no dudaría en repetir, pues a pesar de las circunstancias fue uno de los que más nos gustaron.

The Keepers Arms de Quenington

Hicimos el check-in (ya sabéis, como es habitual, sin nada de papeleo) y subimos a conocer nuestra habitación que, aunque pequeñita, era una monada.

habitación del Keepers Arms de Quenington

baño del Keepers Arms de Quenington

Como ya era la hora de almorzar dejamos las cosas y bajamos a comer algo; bueno más bien Sergio porque yo lo que comí y nada… todo uno, como se suele decir. La verdad que se portaron genial en el pub  y, a pesar de que no tenían mucho en carta que a mí me viniese bien, el chico que nos atendió habló con el chef para que esa noche me hiciese algo apropiado. De nuevo la amabilidad inglesa… La comida -según Sergio- es buenísima: typical English, por supuesto.

Tras el almuerzo, y para ver si yo espabilaba un poquito y viendo que me encontraba un pelín mejor, salimos a dar un paseo por el pueblo. Quenington es chiquitito y se recorre en un momento, pero descubrimos lugares muy chulos, como estos campos…,

campos de Quenington 1

campos de Quenington 2

(enamorada del cielo ingles…)

… típicas cabinas de teléfono a las que se las ha dado un uso distinto y muy interesante…,

Lidia con cabina de teléfono

… o buzones verdaderamente antiguos…

buzón de la época de la Reina Victoria

Después de un largo paseo, que me sentó fenomenal, volvimos a la habitación porque yo me había cansado; al fin y al cabo, hacía días que no caminaba tanto… Me acosté y mientras Sergio veía un poco la televisión, fui dando cabezaditas y durmiendo de cuando en cuando.

Habíamos reservado la cena para las 19:30 así que un ratito antes bajamos al pub que ya estaba a rebosar de gente. ¿Sabéis cuando parece que todo el pueblo está en un lugar? Pues aquí, estaban todos. Literalmente. Nos pusieron en una mesita reservada y allí Sergio dio buena cuenta de una rica hamburguesa con patatas mientras yo tenía que conformarme con un triste arroz cocido y una manzanilla… ¡Ay!
Nos fuimos prontito a dormir, esperando que el día siguiente fuese mejorando, aunque esa noche tampoco fue de las mejores de mi vida…