En el verano de 2012 pasamos una temporada en París y, si bien la ciudad en sí no la podemos situar en nuestro “top ten”, sí hemos de decir que nos quedamos con ganas de volver, especialmente por dos motivos (aunque hay más): darle una segunda oportunidad a la ciudad y volver al Louvre.

En este pequeño post os quiero contar nuestra primera experiencia en el gran museo parisino, que fue más bien cortita pero que, al menos, pudimos ver lo que queríamos: las llamadas “Tres Damas del Louvre”.

Antes de convertirse en museo, el Palacio del Louvre era la antigua residencia de los reyes de Francia, como Carlos V y Felipe II. Fue en el año 1793 cuando, con el traslado de la corte al Palacio de Versalles, y a partir de las colecciones privadas de la monarquía francesa y las expoliaciones llevadas a cabo durante la época napoleónica, abrió sus puertas al público. A día de hoy es el museo más visitado del mundo, recibiendo una media de 8 millones de visitantes al año.
En 1989 se construyó la famosa pirámide de cristal que rompió absolutamente con la armonía arquitectónica del palacio, dando lugar a múltiples opiniones tanto a favor como en contra. A pesar de ello, hoy en día es un icono más de París y seguro que ningún visitante del museo la evita…

Sergio delante de la Pirámide del Louvre en París

Nuestra visita la hicimos un primer domingo de mes por la tarde, después de un intento fallido durante la mañana. Os explico: madrugamos para visitar el museo con la menor cantidad de gente posible, pues habíamos leído que las aglomeraciones eran de órdago; sin embargo, no tuvimos en cuenta que los primeros domingos de mes la entrada era gratuita, así que cuando llegamos allí… ¡kilómetros de cola para entrar! Chicos, de verdad que no os exagero en absoluto. Jamás de los jamases habíamos visto una cola tan enorme para acceder a ningún sitio… ¡Nos quedamos alucinados!

Por supuesto que no estábamos dispuestos a esperar horas para poder entrar, así que como aún teníamos mucha estancia por delante en París, decidimos irnos y volver otro día.
Lo cierto es que no recuerdo muy bien a dónde nos fuimos desde allí, pero el caso es que a la tarde, se puso a llover muchísimo y decidimos volver a la zona del museo, no para entrar en él, sino para visitar su subsuelo. En él se encuentra el “Carrousel du Louvre”, un pequeño centro comercial con gran variedad de tiendas, una oficina de turismo y algún que otro restaurante.

Este centro, por supuesto que no es una “visita obligada” en París, pero sí puede ser un punto curioso y llamar la atención para aquellos que –como nosotros- hayan leído “El Código da Vinci”, puesto que allí finaliza el protagonista su aventura por la capital francesa.

Lidia delante de la Pirámide del Louvre, en el Carrousel du Louvre, París

El caso es que accedimos al centro a través de la parada de metro de Palais Royal – Musée du Louvre, por la salida Carrousel du Louvre.
Pero, cuál fue nuestra sorpresa cuando nos dimos cuenta de que desde allí también se podía acceder al museo… ¡y sin hacer cola! Pues nada, no nos lo pensamos mucho más y como tampoco es que nos apeteciese mucho ir de tiendas, decidimos entrar, aunque solo fuese para verlo un poco “por encima”. Además, entramos gratis…

El museo es gigantesco y para orientarse bien es mejor llevar un mapa y, creemos que lo mejor, llevar de antemano una idea clara de lo que se quiere ver. Si no, es imposible no perderse y volver a pasar una y otra vez por la infinidad de salas que lo forman. La colección comprende cerda de 300 mil obras, de las que se exponen aproximadamente 35 mil. ¡Casi nada!
Toda esta colección está organizada de forma temática en distintos departamentos: antigüedades orientales, antigüedades egipcias, antigüedades griegas, romanas y etruscas, historia del Louvre y el Louvre medieval, pintura, escultura, objetos de arte, artes gráficas y arte del Islam.

Como iba a ser una visita rápida –debido a la hora que era- y como la cantidad de gente era inmensa, fuimos “a tiro fijo”: a por “Las Tres Damas”.

Nos costó un poco encontrarlas, a todas menos a una… porque bueno, esa “una” es la obra más famosa del museo (¿y del mundo, podríamos decir?). Esa fue fácil de encontrar: hay que seguir las señales que hay por todos lados y, cuando llegues a una aglomeración de gente, ahí esta: “La Gioconda” o “Mona Lisa”. No hace falta hacer mucha presentación al respecto de esta obra maestra de Leonardo da Vinci, ¿verdad?

La Mona Lisa en el Museo del Louvre de París

Lamentamos que la foto no sea de muy buena calidad, pero no sabéis las decenas de personas que se apretujaban delante del cuadro y la dificultad para poder verla. ¿Será posible ver esta obra tranquilamente, sin gente alrededor? Nos gustaría descubrirlo. Por favor, si alguien sabe cómo hacerlo, que nos lo diga. ¡De verdad!

Después de salir de la sala de pintura italiana donde está La Gioconda, nos fuimos a buscar la segunda dama: “La Venus de Milo”. Se trata de una de las pocas obras del fin de la era griega que se encuentra casi completa. Realizada en mármol blanco y con una altura de unos 204 centímetros, es la escultura más famosa de este período porque, a diferencia de otras, su cuerpo tiene un movimiento ondulante que la dota de un gran realismo. Su nombre viene dado por el lugar en el que se encontró, en el año 1820: la isla griega de Milos, en el Mar Egeo.
El rasgo más conocido de la Venus es que no tiene brazos. ¿El motivo? Hay varias versiones al respecto. La estatua se encontró semienterrada en dos pedazos y, cerca de ella, un fragmento de un antebrazo y la mano con una manzana. Estos restos son considerados parte de sus brazos; el izquierdo, se cree que sostenía la túnica justo a nivel de la cadera izquierda, mientras que el derecho sostenía la manzana del “Juicio de Paris”.
La verdad es que no está claro si las extremidades de la estatua pudieron perderse después del hallazgo: el campesino que la descubrió, Yórgos Kendrotas, pudo dejar la mitad de la Venus en el mismo lugar donde la encontró debido a que no logró desenterrarla por completo ya que su peso era de unos 900 kilos.
Esta es la versión oficial, sin embargo, algunos historiadores creen que la estatua salió de la isla por la fuerza, perdiendo los dos brazos al golpearse contra las rocas. También se dice que los turcos atacaron la embarcación en la que era transportada y en la pelea la estatua perdió las extremidades superiores.

Sea como fuere, hoy en día conocemos la Venus por esta característica.

La Venus de Milo en el Museo del Louvre de París

Bueno, ya teníamos dos y nos faltaba la última. Esta fue la que más nos costó encontrar. ¡Y mira que pasamos veces por allí delante! Está a unos metros de la anterior y se trata de “La Victoria de Samotracia”. También es una escultura griega hecha en mármol, perteneciente al período helenístico y descubierta en otra isla del Egeo en 1863: Samotracia. Un equipo francés hizo el descubrimiento, aunque otros expedicionarios encontraron más piezas de la escultura. Entre todos ellos, la reconstruyeron.

La figura de la Victoria representa a la diosa alada sobre la proa de un navío, y se mandó esculpir originalmente para conmemorar un triunfo naval. Está situada en una escalera monumental cerca de la entrada principal del museo, sobre un gran pedestal. En total, la estatua mide 5,57 metros.

La Victoria de Samotracia en el Museo del Louvre de París

¿Cuál es vuestra preferida? A mí se me hace muy complicado escoger entre estas tres maravillas. Quizás debo volver al Louvre para verlas de nuevo… ¿no os parece? 😉