Viernes, 06 de septiembre de 2013.
Por fin. Por fin había llegado el día. Después de tantos meses, desde febrero, ya estábamos ahí, preparados para comenzar una nueva aventura: la de la Costa Oeste Americana. Yeeehaaaa!!!!!

Nuestro vuelo de Asturias a Madrid salía a las 09:15 de la mañana pero como somos así de “exageraos” (vale, la mayor parte de las veces soy yo la exagerada), a las 5 ya estábamos en pie. Total, que mientras que nos preparamos, hicimos las comprobaciones de última hora con respecto al equipaje, maletas y demás, a las 6 de la mañana estábamos yéndonos al aeropuerto. A mi padre, el pobre, que siempre hace “de taxista”, le hicimos madrugar de lo lindo…
Pues nada, que a las 7 menos algo ya estábamos en la cola de facturación de Iberia. ¡Pero si todavía estaban facturando al vuelo anterior al nuestro! Da igual, siempre prefiero aburrirme de esperar a estar con los nervios a tope por si llegamos tarde. Y mira que los nervios los tenía igual a flor de piel… En fin, que una vez que facturamos las maletas grandes (sin exceso de equipaje, eso sí) pues nos fuimos a desayunar; mi estómago no estaba para muchos trotes, pero algo había que comer, ¿no?
A esas horas, el aeropuerto todavía estaba bastante tranquilo y decidimos pasar el control de seguridad con calma y sin apurarnos. ¡Y tanto que lo hicimos! ¡Estábamos solos! Y, gracias a eso, tuvimos la suerte de encontrarnos con un señor de seguridad súper-amable con el que estuvimos hablando un buen rato acerca de todas las medidas que se toman para embarcar a los pasajeros y el porqué de éstas. Fue una conversación muy interesante y aprendimos un montón de cosas sobre la seguridad de los aeropuertos. ¿Veis? De algo sirve ser tan “exagerá”… jejeje…

En fin, que ya embarcados, sólo pensábamos que nos quedaría un laaaargo día por delante hasta llegar a USA, pero seguro que merecería la pena.
El vuelo hasta Madrid, sin problemas; es un trayecto cortito, así que se pasa pronto. A las 10:30 aterrizábamos en la capital y el siguiente vuelo hasta LAX era a las 12:45. Total, que entre salir del avión, cambiar de terminal, buscar la puerta de embarque y pasar por el control que hacen para todos los vuelos a EEUU, la espera se nos hizo más bien corta. ¡Bien!
Ya en el vuelo hasta Los Angeles…eso sí que se hizo más largo. Uff… Lo cierto es que 11 horas, así dicho, igual no parece tanto pero cuando estás allí…… Bueno, daba igual, estábamos cada vez más cerca de nuestro destino. Habíamos comprado los asientos a través de la web de Iberia (pagando un poquito más puedes escogerlos) porque no queríamos que nos tocase en los del medio -donde hay 5 juntos-; total, que tuvimos unos bastante buenos, cerca de los baños y con nadie detrás, lo cual era bastante cómodo porque no tienes que preocuparte por echar hacia atrás el asiento ni nada por el estilo. Aún así, el espacio… bueno, ya seguro que todos sabéis que no es lo que se dice “amplio”…
Nos dieron comida (a escoger entre lasaña de verduras y pollo), más tarde pasaron con sandwiches y por último una cena, si no recuerdo mál. ¿La comida? Pues de avión. Sin más. No creo que haya más que decir. Durante todas esas horas vimos una peli (en nuestra tableta, porque las pantallas no eran individuales y estaban más bien “un poquito mal situadas”), leímos, intentamos dormir (y digo “intentamos” porque ninguno de los dos lo consiguió),… vamos, ¡que menos pilotar el avión hicimos de todo!
Y por fin, a eso de las 16:30, hora local,….. ¡¡¡aterrizábamos en LAX!!!! ¡¡¡Vivaaaa!!!

Tranquilamente, nos bajamos del avión y nos dirigimos a recoger el equipaje. ¡Qué mogollón de gente! Nosotros, como digo con calma, nos pusimos en una y a esperar nuestro turno. Ya estábamos haciendo planes de cómo organizarnos mientras a Sergio lo “retenían” en Inmigración; sí, sí, como lo leéis: es que las anteriores veces que habíamos estado en USA, debido a su nombre, lo habían hecho pasar a una sala y esperar a que revisasen toda su documentación. No es nada grave ni nada -imagino que a alguno le habrá pasado-, pero sí que es un tostón tener que esperar y demás… La última vez, en Newark, se tiró como unas 2 horas. Y yo sola que me quedé en el aeropuerto esperándolo con todas las maletas. ¡Parecía que me habían abandonado! ¡Jajajaja!
En fin, que cuando nos tocó el turno, como siempre, pasé yo la primera: huellas, retina, y cuño en el pasaporte. ¡Pum! ¡Hecho! Yo estaba dentro. Turno de Sergio: huellas, retina y…. ¡pum! ¡Cuño! No nos lo podíamos creer. ¡No le habían parado! Estábamos súper-contentos. Empezaba bien la cosa…
A todo esto, hago una aclaración que creemos que fuel el motivo por el cual no le pararon (queremos creer que sirvió de algo). Y es que esta vez, al hacer las reservas del avión por internet, a través de la web de Iberia, había una apartado donde ponía “REDRESS“. Era la primera vez que lo veíamos y leímos a ver para qué era. Pues bien, es algo así como hacer una “petición” al Departamento de Inmigración de los EEUU, para evitar que te hagan más inspecciones a la hora de entrar al país. Que era justamente lo que le había pasado en anteriores ocasiones. Pues bien, parece que funcionó. Eso, o que esta vez, les dio por ahí… ¡cualquier cosa es posible en América!

Estando ya en suelo americano y con nuestras maletas (ambas dos, no nos perdieron ninguna), tocaba el siguiente paso: el coche. Lo alquilamos a través de la web de “ealquilerdecoches.com“, un vehículo de la gama “SUV”, y el proovedor del mismo era “Alamo”.
Fuimos hacia la zona de los shuttles de las oficinas de alquileres -está muy bien indicado, no tiene pérdida ninguna- y pillamos el nuestro que, por suerte, estaba ya en la parada. Al llegar a Alamo nos pusimos a la cola con toda la documentación preparada para que nos dieran el coche; llevábamos un poco de lío con el tema de seguro, por ver si hacía falta pillar algo más y qué sería lo más conveniente, pero bueno, eso nos lo aclararían al llegar al mostrador, ¿no? Pues resulta que mientras estábamos en la cola, había un chico de la compañía “deambulando” por allí y le preguntó a Sergio quién estaba puesto como conductor. Le dijo que los dos, así que me pidió a mí que me quedara en la cola y a él que le acompañase para ver si podía hacer el “auto check-in” sin necesidad de pasar por el mostrador y apurar así los trámites. Bueno, por intentarlo… Así que mientras yo me quedaba con las maletas él fue a la maquinita esa y con ayuda del chico…..¡tachán! ¡Hecho! Nos ahorramos la espera de la cola y ya podíamos ir a elegir el coche. Por cierto, que al preguntarle si era necesario coger otro seguro diario o algo así, él le dijo que con lo que llevábamos era más que suficiente, no nos “vendió” nada más.
Pues hala, al aparcamiento y a escoger coche. En teoría, lo que habíamos contratado era un “Jeep Grand Cherokee”, pero no había ninguno. Ya sabíamos que muchas veces no hay los coches exactos que ofertan, así que no nos pilló por sorpresa. Después de dar alguna que otra vueltecita y mirar más de un coche, nos decidimos por un “Hyundai Tucson” nuevecito gris que había; a Sergio no le entusiasmó mucho en un principio, pero luego resultó portarse todo el viaje como un campeón. Aquí lo tenéis:

coche de alquiler en la ruta de la Costa Oeste

Pues nada, metimos todo el equipaje en nuestro Tucson y… ¡p’alante! ¡Ahora sí que sí! Ahora ya estábamos de pleno inmersos en nuestra aventura.
Habíamos encendido previamente el GPS ( llevábamos en ambos móviles –iphones- y un Tom-Tom que nos habían prestado) y ya teníamos metida la dirección del hotel, así que fue subirnos al coche, que Sergio “se hiciera” un poco con él y… a la jungla de asfalto. ¡Jajaja! Al principio resultó un poco raro y complicado con el tema de los semáforos al otro lado de la carretera, el hecho de poder girar a la derecha con el semáforo en rojo siempre que no haya nada que te lo impida y que no vengan coches, claro, y la cantidad de tráfico impresionante, pero bueno… el que conducía era Sergio… Sí, sí, ya sé que tengo mucho morro, pero es que he de seros sincera: odio conducir. Y al ver el lío que hay por esas carreteras… me entró el canguelo. Y teniendo la gran suerte de que a él no le importaba… pues qué queréis… que me aproveché. Eso sí: hice de copiloto divinamente; vamos, ¡que ni Luis Moya con Carlos Sainz!

Camino del hotel ya vimos lo que iba a ser un clásico en este viaje: perdernos. Yo no conté las veces que nos perdimos por las carreteras de las ciudades pero andarían alrededor del millón, millón y medio. Lo bueno es que, si te equivocas y sales por una calle que no es o te pasas de la salida, enseguida se puede solucionar porque hay otras tantas posibilidades. Puedes tardar 5 minutinos más, pero no supone un gran rompedero de cabeza.

Nuestro hotel, el “Jerry’s Motel”, se encuentra cerca del Downtown, por lo que no tardamos mucho en llegar. Se trata del típico motel que estamos acostumbrados a ver en las pelis, con su parking delante de las habitaciones, las cuales todas dan a la calle. No podemos decir otra cosa que estuvo genial: calidad-precio inmejorable, y lo recomendamos 100%.

cartel del Jerry's Motel de Los Angeles

Jerry's Motel de Los Angeles

Habitación Jerry's Motel en Los Angeles 1

¡Qué cansados estábamos y qué ganas de irnos a dormir! A todo esto, serían como las 8 de la tarde, pero para nosotros… bueno, ya ni llevaba la cuenta. Sólo sabía que estaba exhausta y que quería irme a la cama.

Total, que llegamos, aparcamos e hicimos el check-in. La chica que nos atendió fue muy amable y hablaba español porque sus padres eran mexicanos. Nos explicó todo lo que necesitábamos saber del hotel, nos dio un mapa e información de la ciudad y una bolsita con agua y unos snacks, que nos vinieron muy bien para comer algo. Estábamos tan agotados que ni siquiera fuimos a cenar, nos “apañamos” con los aperitivos de la bolsa y… ¡a dormir! A pesar de que hacía muchísimo calor, caímos rendidos y dormimos como nunca… El día siquiente, sería muy largo.