Jueves, 22 de Septiembre de 2016.
¡Por fin había llegado el día! Después de unos cuantos meses de espera, poníamos rumbo a Londres. ¡Qué nervios! Nervios por parte de mi padre que, aunque diga que no, estas cosas siempre le ponen un poco “alteradillo”, y también por mi parte, porque esperaba que todo saliese bien y que no hubiese ningún problema; al fin y al cabo, me sentía responsable 100% de todo el viaje, no como otras veces, que también Sergio comparte esa responsabilidad… 😉

Nuestro vuelo salía del aeropuerto de Asturias a las 10:30 y, como ir de nuestra casa hasta allí nos lleva como una hora aproximadamente, salíamos de casa sobre las 08:30. En esta ocasión, Sergio y mi padre se intercambiaron los papeles… jeje… Suele ser este último el que nos lleva a los aeropuertos o estaciones cuando nos vamos de viaje, pero en esta ocasión, Sergio era el chófer. ¡Qué raro se me hacía!
Llegamos sin problema y con tiempo suficiente, así que desayunamos algo en la cafetería (y digo “la” porque es la única que hay), pasamos el control de seguridad y, con un leve retraso de 15 minutos, embarcamos en el avión. El vuelo transcurrió sin ningún tipo de incidencia y a mí se me hizo corto, porque me pasé más de la mitad del tiempo dando cabezadas.
El retraso que llevábamos lo recuperamos durante el vuelo y llegamos a la capital británica a la hora prevista: las 11:20.

Una vez en el aeropuerto de Stansted, pasamos el control de policía (lo hicimos en las máquinas automáticas ya que, además del DNI, también llevábamos nuestros pasaportes) y recogimos las maletas, las cuales tuvieron que meternos en bodega porque cuando embarcamos en el avión -que lo hicimos de los últimos- ya “no había sitio” en cabina. Veis que lo entrecomillo porque ese rollo no me lo trago, ya que tras nosotros, embarcaron unos cuantos pasajeros más con unos mochilones de órdago; pero bueno, como no era plan de ponernos a discutir con la azafata del aeropuerto al embarcar, lo dejamos pasar… ¡no íbamos a comenzar el viaje de mala leche!
En fin, que nuestras maletas aparecieron de las primeras y no perdimos nada de tiempo esperándolas. Tras esto, y con los billetes de tren que ya llevábamos impresos, nos dirigimos a la estación del Stansted Express; el camino no tiene pérdida porque te lo marca perfectamente. Tuvimos la gran suerte de que salía un tren justo en el momento en que llegábamos, así que nos instalamos y en 47 minutos… ¡estábamos en London!

Nuestra parada era la de Liverpool Street Station, que nos quedaba a unos 14 minutos caminando del hotel. También había la posibilidad de ir en metro -una parada solamente-, pero decidimos ir caminando porque no nos parecía demasiado lejos. Tras perdernos un poquito en un par de ocasiones porque el Google Maps parecía que no estaba demasiado… centrado, llegamos a nuestro hotel en la zona de Whitechapel: el “Arbor City Hotel”.

Arbor City Hotel Londres - fachada

De la que íbamos caminando hacia allí, vimos que teníamos la parada de Aldgate East a apenas 200 metros, así que nos venía de lujo para movernos por la ciudad.

Llegamos antes de la hora del check-in, pero la chica de recepción, muy amable, consultó si nuestra habitación estaba lista y, como sí lo estaba, pudimos entrar en ese momento. ¡Bien! De ese modo podríamos dejar las cosas, organizarnos y empezar nuestro primer día sin más dilación.
Cuando subimos y entramos… ¡sin palabras! La habitación era enooooorme, chulísima, muy limpia… y ¿el baño? El baño parecía que lo estrenábamos nosotros. ¡Yo me quedé enamorada de él! Jejeje…

Arbor City Hotel Londres - habitación 1

Arbor City Hotel Londres - habitación 2

Arbor City Hotel Londres - baño

Dejamos las cosas, cogimos lo necesario y nos pusimos en marcha. Eso sí: antes paramos a comer algo. Al fin y al cabo eran ya las 13:30 y no habíamos probado bocado desde la mañana, en el aeropuerto de Asturias. No buscamos mucho y nos paramos en un “Pret A Manger” que había al lado de la parada de metro. Nos tomamos dos sandwiches y un par de bebidas por £11.68; he de decir que ninguno de los dos bocatas estaban demasiado buenos, cosa rara, porque yo conocía esa cadena de cafés -de nuestros viajes por USA- y siempre solían gustarnos. Aún así, nos sirvió para “quitar el gusanillo”. Ya no resarciríamos más tarde.

Nos fuimos a la parada de Aldgate East, que como os digo estaba justo al lado y pusimos rumbo al Covent Garden, el primer lugar que mi padre iba a conocer. Para el metro, llevábamos un par de tarjetas Oyster que María y Rubén tenían de su último viaje a Londres y nos habían dejado (¡mil gracias, chicos!), así que nos dispusimos a recargarlas para comenzar nuestros viajes por el metro con tan buena suerte que… ¡aún tenían dinero! ¡Os lo debemos! Jeje… Total, que gracias a ellos, ese día no tuvimos que pagar ningún viaje. 😉

Nos bajamos en la estación de Covent Garden y, cuando salimos de la boca de metro, cuál fue nuestra sorpresa cuando vimos que estaba lloviendo. ¡Vaya! Bueno, eran cuatro gotas de nada (el típico orbayu asturiano), así que ni siquiera abrimos los paraguas; sí, a Londres SIEMPRE hay que llevar paraguas… jeje.
Mi padre ya empezó a flipar un poco con la cantidad de gente que había. Claro, si es que no está acostumbrado en absoluto a las multitudes; vivimos en un pueblecito pequeño y aquí no se junta tanta gente ni en día de mercado… ¡jajaja!

en la entrada del mercado de Covent Garden Londres

Estuvimos un buen rato paseando por el mercado central, por el Jubilee Market Hall y por las callejuelas que conforman el barrio, hasta llegar a Neal Street, donde se encuentra una tienda que yo quería visitar para hacer unas compras (¡empezaba pronto!).

Jubilee Market en el Covent Garden Londres

Me encanta esta zona de Londres, especialmente para hacer compras, aunque en este caso no nos entretuvimos nada en las tiendas (a excepción de la que os conté antes) porque a mi padre eso del shopping no le mola nada y, además, no era plan de ponerse ya a gastar como una loca.

Así que emprendimos la ruta a pie que yo llevaba ya pensada de antemano y que sería nuestra primera pateada. El primer punto al que íbamos era Leicester Square, una gran plaza peatonal rodeada de restaurantes, tiendas y, sobre todo, cines, ya que está considerada el centro del cine de la ciudad y es donde tienen lugar los grandes estrenos de las superproducciones.
No nos detuvimos en ningún lugar en concreto de la zona y seguimos nuestro camino hacia otro de los puntos de la ruta: Picadilly Circus, otra plaza muy conocida de la ciudad y donde se dan cita los carteles más luminosos de Londres. No hubo forma de acercarse a la famosa fuente con la estatua de Eros que se sitúa en el centro de la plaza, tanta era la gente que se daba cita allí.

en Picadilly Circus Londres

Continuamos nuestro camino, ya sin rastro de lluvia y con un ligero sol que empezaba a calentar un poquito, hacia otra de las plazas míticas de Londres, y yo diría, del mundo: Trafalgar Square. En muchos aspectos esta plaza es el centro de la ciudad y acoge mítines, celebraciones, desfiles… En su punto central se eleva, a 52 metros de altura, la Columna de Nelson, dominando la plaza y rodeada de sus famosos leones.

columna de Nelson en Trafalgar Square Londres

con uno de los leones de Trafalgar Square Londres

Y en uno de sus laterales, un lugar que a mí me encanta pero que en esta ocasión, por falta de tiempo, no pudimos entrar: la National Gallery, uno de los museos más importantes del mundo. ¡Para la próxima! 😉

la National Gallery en Trafalgar Square Londres

Llegados a este punto, teníamos dos opciones para llegar a nuestro siguiente destino: bien coger el metro o bien seguir caminando hasta llegar allí. Este destino era el London Eye, la famosa noria, para la cual teníamos entradas reservadas; como teníamos tiempo de sobra porque era aún demasiado temprano, decidimos ir caminando. Y escogimos además una ruta que, a pesar de ser un poquito más larga -poco más-, me parecía más bonita porque iríamos a orillas del Támesis. Al fin y al cabo nos sobraba tiempo y aún podríamos hacer alguna cosita antes de que llegase la hora de subir.
Pero antes de despedirnos de Trafalgar Square, aún pudimos vislumbrar desde ella otro icono de la ciudad. ¿Os suena?

en Trafalgar Square con el Big Ben al fondo en Londres

Seguimos nuestro camino buscando el río por Northumberland Avenue hasta dar con Victoria Embankment, una calle que discurre paralela al Támesis, y aquí hicimos un pequeño “break“. Y es que, si yo no recordaba mal, bajo uno de los puentes que cruza el río había una de las cafeterías que más me pueden gustar en el mundo-mundial (bueno, sus cafés y frapuccinos); quienes ya me conocéis, sabéis cuál es… jeje… ¿Que no? Pues os saco de dudas: ¡Starbucks! 😉 Y como el almuerzo no había sido para tirar cohetes y nos apetecía algo dulce…

con unos frapuccinos del Starbucks en Londres

¡El de fresa era el mío! Y es que no me tomaba un “frapu” de fresas y nata desde Japón. ¡Qué rico estaba por favor! Y así, con nuestro “avituallamiento made in Starbucks”, seguimos caminando hasta el puente de Westminster donde nos encontramos, ahora ya a sus pies, con el reloj más famoso del mundo: el Big Ben.

el Big Ben en Londres

Se trata del elemento más famoso del Parlamento Británico y, aunque realmente su nombre es La Torre de Isabel, nadie la conoce como tal, sino como Big Ben. “Ben” es la campana que cuelga en su interior y debe su nombre a Benjamin Hall, el encargado de las obras cuando se terminó la torre en el año 1858. Sus 13 toneladas suenan en Año Nuevo desde 1924.

La primera  impresión de mi padre cuando lo vio de cerca fue que era mucho más grande de lo que se puede apreciar en la televisión o en las fotos. Y es cierto, no me había parado a pensarlo nunca, pero es verdad… 😉

delante del Big Ben en Londres

Era aún temprano para subir a la noria, así que nos dio tiempo a dar un paseo por los alrededores del Parlamento y de la Abadía de Westminster (cuya visita la dejaríamos para otro día). De las veces que he ido a Londres, nunca he dejado de visitar esta última y es uno de los lugares que más me gustan de la ciudad (en el próximo post os desvelo cuál es el otro), pero nunca he podido hacer la visita al Parlamento, y es algo que tengo pendiente de hacer. Por el momento, nos conformamos con las vista desde el exterior. Por cierto… ¡cómo me gusta el cielo de Londres! 😉

las Casas del Parlamento en Londres

Después de deambular un poco por la zona nos dirigimos, ahora ya sí, hacia la visita que llevábamos ya preparada desde antes de iniciar el viaje: la subida al London Eye. Para ello, cruzamos por el famoso Puente de Westminster, uno de los más conocidos y fotografiados, hasta llegar al otro lado del río, desde donde se obtienen unas vistas preciosas:

el Big Ben, las Casas del Parlamento y el puente de Westminster en Londres

Como os digo, las entradas ya las había comprado antes de ir desde la web de Days Out Guide, donde pude escoger fecha y hora. Al habernos trasladado desde el aeropuerto de Stansted a Londres en tren, en el Stansted Express concretamente, teníamos las entradas a varios lugares de la ciudad con una oferta de 2×1, y uno de estos sitios era el London Eye. Solamente tienes que tener tus billetes de tren y desde su propia página ya puedes ver las atracciones que están incluidas en esta oferta, teniendo solamente que descargarte los vouchers correspondientes (yo los llevaba impresos).
Indicaros, eso sí, que para algunas atracciones no es posible sacar los billetes online (por ejemplo para la Torre de Londres); en este caso, con llegar a la taquilla y presentar el voucher y los billetes de tren, es suficiente para que te hagan el descuento. En nuestro caso, solamente llevábamos compradas las entradas del London Eye; para el resto de lugares que visitamos con la oferta, hicimos esto último que os cuento.

Se aproximaba ya la hora para la que teníamos la subida, así que nos pusimos a la cola que en ese momento era bastante grande. No tuvimos necesidad de cambiar las entradas, con las que llevábamos impresas fue suficiente.
Con puntualidad británica, a las 18:30 estábamos subiéndonos en nuestra cápsula, con tan buena suerte de que solamente la compartimos con otras 5 personas. Fantástico, porque pudimos deambular por ella y hacer fotos, sin que nadie molestara en absoluto, durante los 30 minutos que dura la vuelta.

en la noria del London Eye en Londres

en la noria del London Eye con el Big Ben de fondo Londres

vistas de Londres desde el London Eye 2

La hora que había escogido para subir no era por azar, sino que había mirado antes la hora de la puesta de sol para poder verla desde arriba. Siempre había subido durante el día, alguna vez incluso con niebla, así que en esta ocasión quería que fuese diferente. ¡Y vaya si lo fue! Las vistas al atardecer fueron de lo más espectaculares…

vistas del Big Ben y las Casas del Parlamento desdel el London Eye en Londres

vistas de Londres desde el London Eye 1

puesta de sol desde el London Eye en Londres

el cielo de Londres desde el London Eye

Fue una experiencia chulísima y a mi padre le encantó que, al fin y al cabo, era lo  más importante. ¡Viva!

Cuando bajamos ya había oscurecido completamente y apretaba un poco el hambre así que nos fuimos a cenar. Yo ya llevaba en mente el lugar al que iríamos: el restaurante de comida griego-turca “Troia”, situado en la calle justo detrás de la noria, Belvedere Road. Lo habíamos descubierto Sergio y yo durante nuestra última visita a la ciudad, y es que está situado justo en frente del hotel donde nos hospedamos en aquella ocasión.  Nos pedimos un plato de hummus como entrante, mi padre una hamburguesa y una cerveza (la primera de unas cuantas durante el finde) y yo una moussaka, ¡todo riquísimo! Pagamos £37.52, propina incluida. Creo que fue la vez que más pagamos durante toda la estancia.

Cansados ya porque habíamos madrugado bastante, y considerando que aún nos quedaban dos días por delante, decidimos irnos para el hotel. Al día siguiente tocaba madrugar un poquito y queríamos descansar. Para llegar hasta allí, nos fue muy fácil: cogimos el metro en la parada de Westminster -enfrente del Big Ben- y la línea verde (District) nos llevó directamente a nuestra parada de Aldgate East.

Había sido un primer día mucho más “productivo” de lo que yo había pensado, así que nos daría tiempo a hacer alguna cosita más de la que llevábamos planeada. ¡Fantástico! Al día siguiente, visitábamos un lugar al que yo he ido toooodas las veces que he estado en Londres, pero eso… ya sabéis… ¡para otro post! 😉