Jueves, 26 de Mayo de 2016.
¿Que hoy de nuevo había que madrugar porque teníamos la visita del Capitolio para las 8:30 de la mañana? ¡Pues en pie bien tempranito que estábamos! Y con muchas ganas después del buen sabor de boca que nos había dejado ayer la ciudad de Washington.

Como os digo, comenzábamos el día con un plato de los fuertes: el Capitolio de Estados Unidos, un lugar emblemático donde se toman decisiones importantes que, lo queramos o no, nos afectan a todos, a pesar de no ser estadounidenses. Para llegar allí desde nuestro hotel, tomamos de nuevo el metro desde la estación de Farragut West, hasta la de Capitol South; sirven tanto la línea azul como la naranja. Desde esta estación hasta el Centro de Visitantes del Capitolio hay unos 5 minutos a pie y no tiene pérdida.
Cuando comenzamos a caminar en dirección al centro y pudimos ver la cúpula… ¡oh noooo! ¡Estaba llena de andamios! ¡No nos lo podíamos creer! Siempre, a cada sitio que vamos, nos encontramos con algo que está en obras. ¡Ya es mala suerte! Así lucía uno de los edificios más emblemáticos del país:

cúpula del Capitolo de Estados Unidos en Washington DC

Y, claro, si estaba así por fuera, miedo nos daba cómo estaría por dentro… Pero bueno, ya teníamos las entradas para hacer la visita y no nos íbamos a ir de allí sin entrar. Por cierto, las entradas las compramos meses antes a través de su página oficial; eliges la opción de “reservar tu visita online” (“Book a tour yourself online”), indicando el día y la hora en la que quieres ir. Te envían de inmediato tu entrada, que hay que llevar impresa el día de la visita. Si no recuerdo mal, la antelación para la solicitud de visitas es de 3 meses. Si entráis ahora mismo a la página ya indica que, debido a la restauración que se está llevando a cabo, la Rotonda estará cerrada hasta el 5 de Septiembre.

En fin, una vez que llegamos a la entrada del Centro de Visitantes, como aún no era la hora en la que abrían al público, tuvimos que hacer un poco de cola fuera, pero no demasiada. Al entrar, cómo no, pasas por el detector y te miran la mochila; tenéis que tener en cuenta que no se puede entrar con ningún tipo de líquido, ni siquiera agua (nosotros vimos a un montón de gente que tuvieron que tirar sus botellas antes de entrar) ni, por supuesto, con comida. La verdad que los guardias de la entrada que creo recordar pertenecían a la Policía del Capitolio, daban un poco de “miedito”, así que bromas, las justas… Jeje…
Una vez dentro, hay que bajar las escaleras con las entradas impresas y dirigirse a mano izquierda, donde están las taquillas de las entradas (me parece que se pueden comprar también en el mismo momento), para que te den una pegatina identificativa con la hora en la que tu grupo le toca hacer la visita. Nos atendió un señorín que tendría como unos 3 mil años o así, y que ¡atención! conocía dónde estaba situada Asturias. ¡Increíble! Es que como estamos acostumbrados a que cuando nos preguntan de dónde somos y decimos “España”, todo el mundo nos dice “¡Ah! ¿Madrid, Barcelona?”… pues que alguien sepa dónde está nuestra patria querida, nos hace mucha ilusión. 😉 ¡Era majísimo el señor!
Nos indicó cuál sería el sitio desde el que saldría la visita y donde tendríamos que estar a la hora en punto: junto a la Estatua de la Libertad, situada en vestíbulo principal, llamado Emancipation Hall. Esta estatua es el modelo original en yeso que se usó para hacer la estatua que luce en lo alto de la cúpula del edificio.

Desde allí, a las 8:30 en punto, salió nuestro grupo dirigido por una guía súper-simpática (vais a perdonarme que no recuerde cómo se llamaba) que hizo la visita de lo más amena; no paraba de hacer bromas, algunas de las cuales no pudimos pillar porque eran chascarrillos políticos de los cuales, como comprenderéis, no estábamos muy al corriente. Nos explicó también muchas cosas con respecto a los órganos legislativos del país (la Cámara de Representantes y el Senado), así como también cómo funciona el Congreso, a grandes rasgos, claro está, porque sigo diciendo que todo el sistema es un lío…
Antes de comenzar con la visita guiada propiamente dicha, nos pasaron a un teatro donde pudimos ver una película de unos 13 minutos de duración, titulada “Out of Many, One” (“De muchos, uno”). En ella se explica lo que hizo el país para establecer la forma de gobierno que tienen hoy en día, destaca la función del Congreso en la vida diaria de los ciudadanos y presenta el edificio donde se aloja este órgano, vital para el país. Una vez terminada la película ya fuimos yendo por diversas salas donde, a pesar de la hora, se acumulaba muchísima gente con sus respectivos guías.

El primer lugar al que nos llevó, y que yo llevaba soñando con verlo desde que comenzamos con la organización del viaje, fue la Rotonda: el núcleo y centro del Capitolio. Se trata de un espacio más bien ceremonial donde, desde la época de Lincoln, se han realizado los funerales de presidentes, legisladores del Congreso, héroes militares y ciudadanos importantes. Además, ha sido escenario de muchos acontecimientos históricos. La pena que nos llevamos es que tuvimos que verla así:

la Rotonda del Capitolio de Washington DC con andamios

Debido a los andamios, no pudimos ver apenas los lienzos que muestran momentos de la exploración y colonización de Estados Unidos, que están situados tras ellos; aún así, la guía procuró hacer lo posible para explicárnoslos bien y que nos acercásemos cuanto pudiésemos. Lo que sí vimos mejor, aunque tampoco en su totalidad, fue la pintura de la cúpula, la famosa “Apoteosis de Washington”, que yo anhelaba observar con detenimiento… 🙁 Se trata de una pintura del artista ítalo-estadounidense Constantino Brumidi, en la que se muestra a George Washington, primer presidente de Estados Unidos, rodeado de los símbolos de la democracia y del progreso técnico, representadas por deidades clásicas.

La Apoteosis de Washington en la Rotonda del Capitolio en Washington DC

Una pena no poder verlo al completo y de no tener más tiempo para contemplarlo tranquilamente.

La visita nos fue llevando por otras salas del edificio, como la Sala de las Estatuas (antigua Cámara de Representantes), repleta toda ella, como su propio nombre indica, de estatuas de congresistas, senadores y demás personajes importantes del país; la antigua Cámara del Tribunal Supremo o la antigua Cámara del Senado.
Sin embargo, el mejor momento fue el que pasamos en la Rotonda. A pesar del ruido de la gente, de los andamios que la afeaban por completo y del poco tiempo que pudimos pasar allí, para mí es un lugar muy especial y espero poder volver a verlo totalmente “limpio”.

Tras aproximadamente una hora, la guía puso fin a la visita volviendo de nuevo al Emancipation Hall, donde nos explicó que si queríamos podíamos obtener pases para visitar las Galerías del Senado y de la Cámara de Representantes; para ello, debíamos dirigirnos a los appointment desks  donde nos informarían de las horas y los servicios abiertos al público. En un principio a mí me llamaba la atención, pero finalmente decidimos que quizás perderíamos demasiado tiempo y no lo hicimos. Así que seguimos con el plan inicial, no sin antes pararnos a curiosear un poquito por la tienda que había en el edificio.
En ella, y en los banquitos que hay por los alrededores, vimos que había muchísimos hombres mayores con una especie de uniforme y, como mi curiosidad era mucho mayor que la vergüenza que me daba preguntar, pues allá que me lancé y me acerqué a uno de ellos, que tenía cara de amable y le pregunté… jeje… Resulta que era un grupo -enorme- de veteranos de guerra que habían sido invitados a Washington para participar en una serie de homenajes en distintos puntos de la capital. ¡Con lo que me gustan a mí estas historias! Estuvimos hablando un rato y nos comentó que conocía algo de España, especialmente Rota, donde el ejército americano tiene una base naval y donde él había estado. ¡Qué interesante todo lo que nos contó! Antes de irnos, no pude más que pedirle hacerme una foto con él y aceptó encantado:

Lidia con un veterano de guerra en el Capitolio de Washington DC

Estos momentos de los viajes, cuando te encuentras con gente con la que compartes aunque sea unos minutos de tu vida, son los que más me gustan…

En fin, ¿os dais cuenta del rato que llevábamos ya en el Capitolio y aún no habíamos probado bocado? Pues ya nos estaba entrando el hambre, así que antes de continuar con nuestra ruta “dentro” del edificio, nos fuimos a desayunar a la cafetería. Era de tipo buffet, aunque a esas horas aún no había demasiadas cosas, pero nos conformamos con un par de cafés y otros dos donuts para quitar el gusanillo ($8.90).

Tras descansar un rato volvimos sobre nuestros pasos para dirigirnos, ahora sí, a nuestra siguiente visita: la Biblioteca del Congreso. Se trata de una de las más grandes del mundo, con más de 128 millones de volúmenes en 460 lenguas, ubicados en 853 km de estantes. ¡Casi nada!
Para llegar a ella no es necesario salir del propio edificio del Capitolio, pues ambos están comunicados por un pasillo subterráneo. No hay posibilidad de pérdida porque está indicado perfectamente.

cartel del túnel que lleva del Capitolio a la Biblioteca del Congreso en Washington DC

Recorrimos el pasillo completamente solos…

Sergio en el pasillo que va a la Biblioteca del Congreso en Washington DC

… y tras unos minutos llegamos a la Biblioteca.

Lidia a la entrada de la Biblioteca del Congreso en Washington DC

En el año 1800 el Congreso asignó fondos para la creación de la biblioteca, por desgracia, ésta fue destruida por los británicos cuando saquearon el Capitolio en el año 1814. Desde entonces, la biblioteca privada de Thomas Jefferson, que era una de las mejores del mundo, pasó a ser el núcleo de la nueva colección. En la actualidad registra más de 10000 nuevo libros al día, así como también objetos históricos como partituras del Beethoven y Brahms, efectos personales de Houdini o el contenido de los bolsillos de Lincoln la tarde que fue ejecutado.

Esta visita, bajo nuestro punto de vista, es imprescindible; claro que a nosotros las bibliotecas nos chiflan así que igual no estamos siendo del todo objetivos. En cualquier caso, si vais al Capitolio, no deberíais perderos esta maravilla: sus techos, pinturas, mármoles, escaleras… Recorrerla es un placer.

Biblioteca del Congreso en Washington DC 1

Biblioteca del Congreso en Washington DC 2

Librería del Congreso en Washington DC 3

Pero si hay algo que destaca entre todas las maravillas que te puedes encontrar en esta visita, esto es la Sala Principal de Lectura (Main Reading Room), con una cúpula de casi 49 metros de altura. En el mural circular de la parte superior de ésta, 12 figuras representan los países y culturas que contribuyeron a la creación de la civilización occidental, tal y como se entendía en 1897. Las 8 ventanas semicirculares de la sala están decoradas con los sellos de 45 estados y 3 territorios (Alaska y Hawaii aun no eran parte de la nación en esa época). La cúpula se asienta, a su vez, sobre grandes columnas de mármol coronadas por estatuas femeninas que representan aspectos de la vida y el pensamiento civilizados, incluidos la religión, el comercio, la historia o el arte.
Desafortunadamente, esta sala solo se puede contemplar desde una galería a la que se accede por unas escaleras situadas en la parte este del segundo piso. Escaleras, por otra parte, que guardan un gran tesoro en su parte superior: un mosaico de vidrio, láminas de oro y mármol de Minerva (imposible mostraros una foto porque la chica que está allí controlando que no se pare nadie para no acumular gente en las escaleras, no te daba tiempo ni de respirar… ¡y eso que estábamos solos! 🙁 ). Bueno, al menos, lo que sí podemos enseñaros es las vistas de la sala:

Sala de Lectura Principal de la Biblioteca del Congreso de Washington DC

Con esta foto no se aprecia lo impresionante del lugar. ¡Lo que habría dado yo por pasar un rato dentro de la sala!

Sin apenas habernos dado cuenta habíamos echado gran parte de la mañana en el Capitolio. ¡Cómo nos había gustado! Pero ya era hora de salir y seguir con las visitas, así que pusimos rumbo a otra biblioteca que queríamos visitar, aunque fuese una visita rápida porque íbamos justillos de tiempo: la Biblioteca Folger Shakespeare. Está muy cerquita de la anterior, a apenas 5 minutos caminando. Se trata de un edificio en mármol blanco (¡cómo les gusta!) considerada como la mejor biblioteca del mundo dedicada al famoso escritor británico. Debe su nombre a su creador, Folger, un estadounidense que se hizo rico a comienzos del siglo XX en la industria del ferrocarril y que donó parte de su fortuna a crear esta colección.

Biblioteca Folger Shakespeare en Washington DC

Aquí no nos entretuvimos demasiado porque, como os digo, no íbamos sobrados de tiempo precisamente. Lo que sí nos paramos a ver un ratito fue un ensayo de una de las obras de Shakespeare, que estaba teniendo lugar en el pequeño teatro de la biblioteca. Muy interesante, por cierto. ¡Qué difícil me parece eso de ser actor y tener que aprenderse tanto texto, especialmente de un clásico como lo es el inglés!

Tras una visita rápida, salimos de allí y nos fuimos directamente hacia el Mall, para buscar un sitio donde comer, aunque antes íbamos a hacer una parada en otro edificio importante: Los Archivos Nacionales. En ellos se guardan, tras unas colosales puertas de bronce, millones de objetos importantes para la historia del país; pero nosotros íbamos con la idea de ver una cosa en concreto: la Rotonda, donde están guardados, en modernas urnas de titanio rellenas de gas argón inerte, La Constitución, La Carta de Derechos y la Declaración de Independencia.
La cantidad de gente que se agolpaba en esa pequeña parte del museo era increíble. Aún así, y debido a la organización que siempre tienen los americanos, pudimos ver todo sin apenas problemas.

Los Archivos Nacionales en Washington DC

Nos habría gustado estar más rato aquí y deambular por sus salas para ver más cosas, pero apretaba ya el hambre y decidimos salir a comer (recordad que llevábamos en el estómago solamente un café y un donut…). Total, que al salir de los Archivos vimos que había un montón de food trucks y decidimos coger algo en alguno de ellos. Así que echamos un vistazo y al final nos decantamos por algo simple, pero que estaba muy rico: unos hot dogs con patatas. Pagamos por todo -bebida incluida- $25; lo cierto es que nos pareció, en comparación con otros sitios, un poco caro para lo que era, pero bueno…¡había que probar!

Lidia pidiendo la comida en un food truck de Washington DC

Encontramos un banco a la sombra justo en la zona verde que hay frente a los Archivos, así que ahí degustamos nuestros perritos y descansamos un rato hasta que llegaba la hora de nuestra siguiente visita, que teníamos reservada para las 14:30: el Monumento a Washington, otro de los platos fuertes del viaje.

Conseguir las entradas para subir a lo alto del Obelisco fue toda una odisea, y es que ¡no sabéis lo rápido que se acaban! Las compramos online (habíamos leído que conseguirlas in situ era misión casi imposible), a través de su página oficial, donde no salen a la venta hasta 3 meses antes. Así que tuvimos que estar muy atentos y, por supuesto, tener en cuenta la diferencia horaria, para poder conseguirlas para el día que queríamos; hay que tener en cuenta que no disponíamos de muchos días en Washington, así que no podíamos fallar. Y tras estar preparados, prácticamente con el dedo encima del teclado del ordenador, para poder elegir y que hubiese sitio… ¡conseguidas! No para la hora exacta que habíamos previsto, pero sí para un poquito más tarde. Bueno, daba igual, el caso es que ya las teníamos. En este caso, a diferencia que ocurre con el Capitolio, no tienes que llevar nada impreso porque las “entradas verdaderas” te llegan a casa por correo ordinario; a nosotros creo que tardaron como una semana o así en llegarnos. En este caso, nos cobraron por los gastos de envío $5.85; si no me equivoco, comprándolas allí son gratis, pero no podíamos arriesgarnos a quedarnos sin ellas, como seguramente hubiese ocurrido (de hecho, mientras nosotros estábamos en la cola para entrar, llegó un chico a preguntar y le dijeron que para ese día ya no había).

Para llegar allí cogimos el camino prácticamente todo recto por el Mall y tardamos unos 15 minutos, yendo tranquilamente pues aún nos sobraba tiempo.

Este monumento es la estructura de mampostería más alta del mundo. Su construcción comenzó en el año 1848 pero se detuvo en 1854 durante 20 años, en parte porque un partido político robó y destruyó una piedra donada por el Papa. Un círculo revela la diferencia entre el mármol original y el que se usó ese tiempo después, cuando se retomaron los trabajos.
En 1884, 36 años después de ponerse la primera piedra, una punta de 3,4 kilos de aluminio (uno de los metales más caros de la época) se colocó en el cúspide, de 169 metros de altura.
El mirador abrió sus puertas en el 2002 y está situado a 152 metros, y la subida en ascensor hasta allí tarda 70 segundos.

Monumento a Washington u Obelisco en Washington DC

Llegamos un poquito antes de la hora, pero uno de los rangers que estaba por allí nos indicó que podíamos ponernos ya a la cola, así que eso hicimos. No tardamos mucho en poder entrar dentro de la base y, de nuevo esperar un ratín, esta vez a que el ascensor bajase con la gente que estaba arriba y pudiésemos subir nosotros. Este es el ascensor que nos subiría a lo alto de Washington:

ascensor del Monumento a Washington

Y una vez arriba…. ¡qué maravilla! Y no, esta vez no tuve ni una gota de vértigo, porque las vistas que hay se ven de este modo…

ventana del Monumento a Washington en DC

… vamos, que me sentí completamente segura.

Claro que arrimándose un poquito a las ventanas, se ve mucho mejor. Si no, juzgad vosotros mismos:

vistas desde el Monumento a Washington 1

(El Capitolio y parte del Mall en obras. A los lados, alguno de los Museos Smithsonian)

vistas desde el Monumento a Washington 2

(La fachada posterior de la Casa Blanca)

vistas desde el Monumento a Washington 3

(El Memorial de Thomas Jefferson y parte de la Basin Tidal)

vistas de Washington DC desde el Obelisco 4

(El Memorial de Lincoln y la Reflecting Pool)

No hay palabras para expresar lo que sentimos allá arriba; si Washington nos había gustado desde el primer momento, después de contemplar estas vistas, ya podemos decir nos había enamorado por completo.

Llegó la hora de bajar y volvimos a la zona del ascensor para esperar a que llegase, cosa que enseguida hizo. Y esta vez, al bajar, el guía (un ranger de lo más simpático) en algunos tramos iba disminuyendo la velocidad del ascensor para que pudiésemos observar las diferencias de piedras de las que arriba os hablaba, así como también las distintas placas conmemorativas donadas por otros estados, logias masónicas, grupos religiosos y países de todo el mundo, que se pueden ver en el interior del Obelisco.
En resumen: una visita 200% recomendable en vuestro a viaje a Washington. ¡Mereció la pena el quebradero de cabeza que tuvimos para sacar las entradas!

Eran como las 3:30 de la tarde y decidimos ir a descansar un rato al hotel, puesto que la pateada que nos habíamos pegado ese día había sido importante. Pero antes, nos sentamos un rato a descansar en el césped alrededor del Monumento y Sergio aprovechó para sacar “alguna que otra” foto más…

Sergio haciendo fotos al Monumento a Washington

El “paseín” hasta el hotel nos llevó otra media hora, pasando por delante otra vez de la Casa Blanca (dimos un pequeño rodeo porque queríamos pararnos a hacer alguna compra en una tienda de souvenirs que hay cerca de allí). En esta ocasión, la explanada que hay delante de la fachada principal, estaba totalmente cortada a los peatones y había decenas de policías vigilando que nadie pusiese un pie donde ellos no querían. ¿Por qué? Pues no tenemos ni idea… A día de hoy, seguimos sin saber qué era lo que había pasado o iba a pasar allí. Teníamos -sobre todo yo, he de decir- la esperanza de que entrase/saliese el Presidente o la Primera Dama, pero Sergio no quiso esperar mucho más y seguimos camino al hotel. ¡Me quedé con las ganas!

En el hotel nos pegamos una buena siesta, que la necesitábamos como el comer. Y, hablando de comer -o más bien cenar-, decidimos reservar mesa en un restaurante que de nuevo nos habían recomendado nuestros amigos Neli y Misael y al que teníamos muchas ganas de ir: el “Zaytinya”, del chef José Andrés, paisano nuestro. A través de la página web, dejamos hecha la reserva para las 21:15 h.

A eso de las 8 de la tarde salíamos del hotel con destino al metro, en esta ocasión a la parada de Farragut North, para coger la línea roja hasta la parada de Gallery Place, en la zona de Chinatown. De allí al restaurante apenas hay 5 minutos a pie. Nos pareció una zona, no peligrosa, pero sí nos daba menos confianza que por las otras por las que habíamos estado días anteriores. No sé, quizás era porque era de noche… En cualquier caso, no tuvimos ningún problema.

En cuanto a la cena… ¡buenísimo todo! Lo cierto es que el restaurante me lo había imaginado más chiquitín, pero era bastante grande y estaba lleno de gente. Nada más llegar nos asignaron nuestra mesa y enseguida nos atendieron. Pedimos hummus (el más rico que haya probado en mi vida), tzatziki, salmón y calamares; nos tomamos también cada uno un par de vinos blancos muy buenos y dos postres que estaban espectaculares (uno tiene un nombre que nos llamó la atención y lo pedimos sólo por eso… jeje: galatopita). Pagamos en total $78; no es lo que se dice barato, pero mereció mucho la pena. Desde entonces, somos fans de la comida griega… 😉

cartel del restaurante Zaytinya del chef José Andrés en Washington DC

carta del restaurante Zaytinya del chef José Andrés en Washington DC

Decidimos volver al hotel caminando para bajar la comida, un paseo que nos llevó una media hora. La verdad que lo que llevábamos caminado en Washington eran unos cuantos kilómetros. De esta forma nos despedimos de un día que había sido muy intenso y que nos había dejado, como antes os contaba, completamente rendidos a los pies de la capital estadounidense.

reflejo del Obelisco en las gafas de Lidia en Washington DC

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