Viernes, 03 de Junio de 2016.
Hoy dejábamos la península de Cape Cod para dirigirnos a otra de las ciudades “cumbre” de nuestro viaje: Boston.
Nos dio mucha pena irnos del “Escape Inn” donde tan bien nos habían tratado y a donde esperamos volver en alguna ocasión.
Tras tomarnos el último desayuno, recoger todas las cosas y hacer el check-out, nos despedimos de Michael (Holly no estaba), no sin antes hacernos una foto para lo que él llama “su mural internacional”, un conjunto de fotografías que tiene colgadas en una de las paredes de la sala del desayuno con todos los clientes que le hemos visitado desde fuera de USA. Y así estamos inmortalizados en ese pequeño hotel del Cabo… jeje… (la calidad no es muy buena, pero no nos responsabilizamos en esta ocasión porque era su cámara -la de Michael-)

en el porche de The Escape Inn en Cape Cod

Desde el hotel hasta la ciudad de Boston hay unos 130 kilómetros aproximadamente, pero no fuimos directos hasta allí. Antes, hicimos un par de paradas las cuales tuvieron dos resultados bastante distintos entre sí…

Nuestro primer destino, la Universidad de Harvard. Llegar hasta allí nos llevó algo más de una hora y media sin mucho tráfico por el camino; cosa que cambió radicalmente una vez que llegamos a la ciudad. ¡Madre mía! Aquello era un hervidero de coches, autobuses… Y para aparcar… ¡no os quiero ni contar! Creo que tardamos más en encontrar un lugar donde dejar el coche que el tiempo que nos llevó ir desde Yarmouth hasta allí. ¡Ahí es nada! Bueno, y no os vayáis a pensar, que el parking que encontramos en uno de los laterales de Harvard Yard (el centro del campus de la universidad) era de monedas y no teníamos apenas ninguna. ¡Un lío! Tuvimos que acercarnos a comprar un café y pedir que cambiaran para el parquímetro; aún así, tampoco conseguimos demasiadas, así que teníamos el tiempo limitado a dos horas. ¡Qué estrés!

En fin, una vez medio-solucionado el problema del coche nos fuimos a Harvard Square -en  uno de los laterales del yard– desde donde comienzan los tours de la empresa “Trademark Tours”La descubrimos por casualidad y resultó ser todo un acierto para conocer un poco la historia y la vida de una de las universidades más famosas y prestigiosas del mundo. Se trata de visitas guiadas por los propios estudiantes de Harvard, lo cual la hace mucho más auténtica. El precio es de $10 por persona.
Como andábamos un poco justos de tiempo por el tema del maldito parquímetro, les preguntamos a los chicos que estaban por allí informando y nos dijeron que duraba como una hora y cuarto más o menos, y que en 10 minutos saldría la siguiente visita. Echando cuentas vimos que, aunque un poquito apurados, nos daría tiempo a hacerla, así que sacamos las entradas y esperamos a que llegase nuestro guía. 

Y éste resultó ser un verdadero crack… jeje… Su nombre era Mike y se había graduado este mismo año en música y alemán. Bonita mezcla, ¿verdad? Fue de lo más divertido, haciendo bromas, contándonos anécdotas de la universidad, pero sobre todo, explicando las cosas con verdadero entusiasmo y pasándoselo muy bien. Así es como nos gustan a nosotros los guías: que disfruten de lo que están haciendo y nos hagan disfrutar a quienes escuchamos. Os presento a Mike…

nuestro guía en la Universidad de Harvard

¡Por cierto! Al final de la visita descubrimos que hablaba algo de español y catalán. What a surprise! 😉

Comenzó la visita haciéndonos una breve introducción de lo que es la Universidad de Harvard, la institución privada de enseñanza superior más antigua de los Estados Unidos. Fundada en 1636 con el nombre de New College, cambió su denominación a la que conocemos hoy en día 3 años más tarde, en recuerdo de su mayor benefactor: John Harvard, un joven clérigo que donó a la institución su biblioteca de 400 libros, así como £779, la mitad de su patrimonio (toda una millonada para la época).
De su fama y prestigio sirve este ejemplo: 8 presidentes norteamericanos y 75 Premios Nobel, han tenido relación con esta universidad, bien como alumnos, bien como profesores.

Y desde el punto de encuentro, ya nos dirigimos con Mike hacia donde se encuentra lo más interesante: Harvard Yard. Entramos por una de las puertas que da acceso al yard (hay, nada más y nada menos, que 25): la Johnston Gate, que toma su nombre por Samuel Johnston, un graduado de Harvard de la clase de 1855, que donó $10,000 para su construcción.

puerta de entrada Johnston Gate a Harvard Yard en la universidad de Harvard Boston
Justo enfrente podemos ver el edificio llamado University Hall donde se llevan a cabo, sobre todo,  labores administrativas que tienen que ver con el centro.

University Hall en la universidad de Harvard

Delante, está la famosa estatua de John Harvard, con su zapato desgastado gracias a la “leyenda” que hay entre los estudiantes de que, si la tocas durante la época de exámenes, los aprobarás todos. ¿Sin estudiar? Lo dudo… jeje…

estatua de John Harvard en la Universidad

Esta estatua también es conocida como “la de las tres mentiras” y esto nos explicó Mike: en su base pone “John Harvard – Founder 1638”. Pues bien, la Universidad no se fundó en el año 1638, sino dos años antes; John Harvard no fue su fundador; y por último el modelo de la estatua ni siquiera fue el Sr. Harvard… ¿Y el lema de este centro es “VERITAS“? ¡Anda ya! Jajajaja…

Continuamos nuestro paseo hasta llegar a la Memorial Church donde todavía se veían carteles felicitando a los recién graduados de la clase de 2016. Esta iglesia fue construida en 1932 en honor a los hombres y mujeres que murieron durante la I Guerra Mundial. Enfrente, aún había “restos” del tinglado que se había montado para la ceremonia de graduación de los alumnos: el césped estropeado por los cientos de sillas que se habían dispuesto en él, un toldo por la posibilidad de que lloviese, carteles… Anda que no molaría asistir a una de estas historias… ¡con lo que les gusta a los americanos!

Memorial Church en la Universidad de Harvard

En frente de la iglesia está una de las bibliotecas más importantes de todo el campus: la Widener Library, para mí unos de los edificios más chulos que hay dentro del yard. Construída a principios de la década de 1900 por Eleanor Elkins Widener, fue una donación de ésta en memoria de su hijo, Harry, del Curso de 1907, un joven que adoraba los libros y que perdió su vida en el naufragio del Titanic.

Biblioteca Widener en el campus de la Universidad de Harvard

Intentamos entrar más tarde ese día -cuando hubo acabado la visita-, pero sólo se podía acceder con el carnet de estudiante y eso, amigos… eso hace tiempo que lo hemos dejado atrás…. xD.
En su puerta principal se puede apreciar el escudo con el lema de Harvard: “Veritas”:

Lidia con el lema de Harvard University Boston

Continuamos la visita al yard mientras Mike nos contaba anécdotas ocurridas con estudiantes a lo largo de la historia del centro, muchos de ellos famosos en todo el mundo por diversos motivos:  Barack Obama, Mark Zuckerberg, el cómico Conan O’Brian (el cual lió una muy gorda durante su época estudiantil, según nos contó nuestro guía) Natalie Portman… y, cómo no, yo atenta a que nombrase mi preferido: John F. Kennedy. Sí, sí, aquí sigo yo con mi “Kennedymania“… ¡jaja!
En este edificio tenía su dormitorio (dorms, como llaman ellos a estas construcciones) el presidente:

dorms en el campus de la Universidad de Yale

Y, si no recuerdo mal, fue en este mismo edificio donde, años después, también vivió Bill Gates.

Para acabar nuestra visita guiada, que abarca muchísimo más de lo que os acabo de contar y que recomendamos absolutamente si alguna vez os acercáis a Harvard, salimos del yard para que Mike nos contase alguna que otra cosa más sobre edificios y lugares de importancia para esta institución académica. Y, por cierto, intentó gastarnos una “novatada” antes de finalizar su tour, pero ninguno de los que estábamos allí picamos… Y menos mal, porque habríamos hecho el ridículo pero bien. ¡Jajaja!

Una vez nos despedimos de Mike, nos fuimos a hacer alguna comprita en la tienda donde finaliza la visita (cuyos beneficios, por cierto, están todos destinados a los estudiantes). Nos pillamos un par de camisetas muy chulas y una taza en la que yo desayuno muchos días (este fue “el viaje de las tazas”…jiji).

Como ya íbamos pilladísimos de tiempo, volvimos al lugar donde habíamos dejado el coche y renovamos el parquímetro -en la tienda pedimos que nos diesen cambio- con algunas monedas más para que nos diese tiempo, al menos, a estar otra hora por la zona, ya que queríamos visitar algo más y también comer por allí.
Ya con ese tiempo a nuestro favor, nos dirigimos a un edificio que habíamos visto durante la visita y que nos había llamado la atención. Se trata del Memorial Hall, una imponente construcción gótica-victoriana erigida en honor a los hombres de Harvard que dieron su vida en defensa de la Unión durante la Guerra Civil Americana.

Memorial Hall en la Universidad de Harvard en Boston 1

Memorial Hall en la Universidad de Harvard en Boston 2

El edificio está dividido en tres partes bien diferenciadas entre sí. Una de ellas es un teatro, el Sanders Theater, para ceremonias académicas; otra, un gran refectorio cubierto con un techo de madera y maravillosas vidrieras, muy al estilo de los halls de los colleges de Oxford, al que se le conoce como Annenberg Hall; y la última, quizás la más interesante, el Memorial Transept, una cámara de techos altos y luz sombría, consagrada a los hijos de Harvard que murieron en la Guerra de Secesión.
Una pena haber tenido poco tiempo para visitarlo.

En general, hemos de decir que el tiempo que pasamos allí nos pareció del todo insuficiente. En nuestra opinión, y para quien le guste este tipo de cosas claro está, Harvard sería para pasar prácticamente el día entero. Sobre todo, debe ser magnífico poder hacerlo cuando hay más “vida” en el campus, es decir, durante el curso.
Pero bueno, no disponíamos de más, así que tuvimos que irnos antes de lo que nos hubiese gustado. Sin embargo, antes decidimos almorzar por allí; y lo hicimos, muy al estilo estudiantil, rodeado de alumnos: en el campus, comprando la comida en un food-truck. Escogimos el que más cola tenía (eso siempre es buena señal), y no nos equivocamos en absoluto. ¡Qué bueno estaba por favor! Nos comimos un arroz con pollo es-pec-ta-cu-lar. Además, el ambiente molaba muchísimo. 😉 ¡Ah! Y solo por $11,95, bebidas incluidas.

Después de comer, cogimos ya el coche para continuar ruta. Antes de llegar a Boston queríamos hacer una última parada en un lugar que yo, mientras organizábamos el viaje, no tenía del todo claro. Y es que leía opiniones para todos los gustos: que si es un lugar del todo para turistas, que si no había que perdérselo… Total, que al final, como teníamos tiempo de sobra antes de entregar el coche (o eso creíamos en ese momento) decidimos ir hasta allí. Y este sitio no es otro que Salem, la “Ciudad de las Brujas”.
¿Y qué decir de esta visita? Bueno, pues que no nos gustó en absoluto. No sé si fue porque el hecho de recorrer solamente 38 kilómetros -lo que separa Harvard de Salem- nos llevó más de una hora de viaje, porque el tráfico era horrible o porque apenas había gente por el pueblo… El caso es que consideramos que fue una pérdida de tiempo ir hasta allí.

Lo primero que hicimos fue buscar un parking, cosa que no fue demasiado difícil porque hay uno bien grande en el centro de lo que es considerado la zona centro de la ciudad. Pagamos por dejarlo allí $1,50; claro que no estuvimos mucho rato…
Tras dejar el coche, nos acercamos al centro de información que había justo en frente del aparcamiento y cogimos algún folleto, ya que no llevábamos demasiada (por no decir ninguna) información. Quizás eso fue error nuestro e hizo también que la visita no nos gustase en absoluto.

El primer lugar al que fuimos fue el Salem Witch Museum, el museo más visitado de la ciudad. Quizás la visita guiada hubiese estado bien, pero no teníamos tiempo suficiente para hacerla (por la hora de entrega del coche en Boston), y tampoco había posibilidad de visitar el museo por libre, así que nos fuimos por donde vinimos.

Salem Witch Museum

Siguiendo el Salem Heritage Trail, un camino de baldosas rojas que te lleva por los sitios más emblemáticos de la ciudad, llegamos al Cementerio de Broad Street, uno de los muchos que se pueden ver en Salem. En él, están enterrados personajes importantes para la Historia de esta comunidad; entre ellos, los hermanos Corwin: George, sheriff  del condado en 1692, y Jonathon, comerciante que servía como magistrado durante los famosos juicios contra las brujas.

casa de Salem

cementerio en Salem

tumba en cementerio de Salem

Continuamos el trail ya sin mucho ánimo, la verdad, e hicimos un último intento para ver si nos llevábamos algo bueno de la visita. Así que entramos en el Witch History Museum. ¡Fracaso absoluto! Una visita guiada, con una guía que no había manera humana de entenderla (entre su acento y su tono de voz que se te clavaba en el tímpano), recorriendo escenas de la vida e historia de Salem durante los juicios hechas con muñecos que, más que miedo, metían risa. ¡Madre de dios! Aquello no había por dónde cogerlo…

Total, que nos volvimos al parking para “escapar” de allí lo antes posible. ¡Qué pena! Bien podíamos haber dedicado más tiempo a Harvard, cuya visita sí que nos había encantado, y no haber perdido el tiempo en Salem… Pero bueno, uno nunca espera esas cosas, así que no íbamos a perder el ánimo… aún no…
Y digo “aún no” porque sí que lo perdimos en el trayecto de Salem a Boston. Bueno, yo no es que perdiera el ánimo… ¡es que perdí los nervios! Chicos, no os podéis imaginar cómo era el tráfico. ¡Qué horror! Cada vez que me acuerdo… Yo llegué a destino con un dolor de cabeza impresionante, así que con eso os lo digo todo. Y eso que ya habíamos sufrido en su día el tráfico de Los Angeles… pues eso fue un camino de rosas comparado con esto.
De nuevo más de una hora para recorrer apenas 37 kilómetros. Además, como había tantos túneles, cada poco perdíamos la conexión del GPS, así que no sabíamos si estábamos yendo bien. ¡Uff! Y claro, a todo esto sumamos que íbamos contra-reloj, ya  que teníamos que entregar el coche a las 6 de la tarde y  antes necesitábamos parar a repostar para llenar el depósito ($37).

Bueno, después de nervios, pérdidas por la carretera, salidas erróneas y más nervios, por fin llegamos a la oficina de entrega del coche. ¡Y a tiempo! Yo ya no sabía si iba o si venía, menos mal que el hotel estaba situado justo al lado. Mirad cómo sería nuestra cara que la chica de recepción, cuando nos vio llegar cargados con las maletas, nos dio un par de botellas de agua y nos dijo: “chicos, descansad un rato tranquilamente y ya haremos los trámites cuando estéis menos estresados”. ¡Jajajaja! Ahora me río, pero en aquel momento casi que me apetecía hasta llorar.
En fin, después de este detalle, de habernos recuperado y de charlas un rato con la encantadora chica que nos atendió, hicimos el check-in y subimos a nuestra habitación. Muy cuqui, pero muy chiquitina; casi no cabían las maletas… Aun así, nos pareció la mejor del mundo. ¡Sólo queríamos descansar!

habitación del hotel 140 en Boston

Y después de deshacernos un poquito de los nervios y del cansancio, bajamos a echar una ojeada por los alrededores del hotel. Sobre todo, para controlar dónde estaba la estación donde, al cabo de un par de días, tendríamos que tomar el tren para el siguiente -y último- destino de nuestra ruta.
Aprovechamos también para parar en un supermercado y comprar algo para la cena porque no estábamos para salir a cenar fuera ($13.65).

Ya “en casita” y bien aprovisionados, nos dedicamos a descansar, llamar a la family y poco más. Queríamos dormir para estar bien descansaditos. A la mañana siguiente “nos enfrentábamos” a una nueva ciudad y queríamos estar a tope para disfrutarlo de la mejor manera posible.