Sábado, 21 de septiembre de 2013.
Hoy sí que tuvimos que poner el despertador. A las 5:45 de la mañana venía a recogernos el taxi para llevarnos al aeropuerto. Decidimos ir en taxi, especialmente, por las horas en las que teníamos que salir. Nos costó $50. Comenzaba, así, el regreso a casa…

Llegamos bastante rápido a nuestra terminal porque el aeropuerto no está muy lejos de San Francisco. Lo primero que hicimos, como siempre, fue irnos al mostrador de facturación; intentamos hacer el auto-check in, pero debido a que habíamos tenido que hacer un cambio con Iberia cuando compramos los billetes, no nos dejó hacerlo, por lo que esperamos la cola para facturar en mostrador. Como era temprano, no había demasiada gente, así que no tuvimos que esperar mucho tiempo. Mientras esperábamos estábamos un poco intranquilos porque sabíamos que al menos una de las maletas superaba el peso establecido, así que temíamos que nos hiciesen ponernos allí a cambiarlo todo (como había unos chicos en otro mostrador). Llegó nuestro turno y… ¡sin problemas! A pesar de que, efectivamente, pasaba casi dos kilos, la chica muy maja “se enrolló” y nos dio el visto bueno. ¡Hala! Ya nos habíamos deshecho de las maletas y hasta Asturias no tendríamos que recogerlas –con suerte, si llegaban-. Por cierto, no os lo había dicho: este primer tramo lo hicimos con American Airlines: San Francisco – Chicago. Nunca habíamos volado antes con ellos y la experiencia fue estupenda: comida decente (para lo que es la comida de los aviones), un sitio que hasta Sergio se podía estirar, amabilidad por parte de la tripulación… Vamos, que no nos importaría repetir.

Una vez que pasamos el control -¡pedazo control!- sin ningún inconveniente, lo primero que hicimos fue ir a desayunar. Adivinad dónde: ¡exacto, Starbucks! Jiji… Sería nuestro último café “starbuckeño” en USA…
Y después del desayuno, tocaba lo que el resto del día sería nuestra tónica habitual: esperar. Embarcamos puntualísimos y como os contaba antes, el vuelo fue perfecto.

Llegamos a Chicago con el tiempo de sobra (teníamos dos horas entre llegada y salida) para cambiar de puerta y embarcar. Este trayecto ya lo hacíamos con Iberia: Chicago – Madrid. Y ni punto de comparación… El sitio era pequeño hasta para mí, que soy bajita… Fue uno de los peores vuelos que haya hecho en mi vida; no sé si era el cansancio que ya era evidente, la comida que fue malísima, no, lo siguiente o qué, pero no veía la hora de llegar a Madrid.
Y, lo peor, es que al llegar allí, todavía tendríamos que esperar 4 horas antes de coger nuestro último vuelo hacia Asturias. ¡Uff….!

Pues nada, que el vuelo se nos hizo larguísimo y no pudimos pegar ojo. Llegamos a Madrid puntuales, eso sí y ¡hala! A volver a esperar… yo no podía ya con el alma y me quedaba dormida si me sentaba en cualquier sitio. Para ver si nos espabilábamos nos fuimos a comer algo, pero casi sin ganas, era más que nada a ver si nos pasaba el tiempo antes.
A estas alturas, era ya domingo, pero para nosotros todavía era sábado, así que está claro que el jet lag se nota mucho más a la vuelta que a la ida…

Por fin llegó la hora de embarcar camino a Asturias, vuelo que dura solamente una hora. Y aquí sí, aquí ya caí rendida antes siquiera de que el avión despegase.
Fuimos a recoger el equipaje y…¡wow! Habían llegado las dos maletas sin problemas. ¡No nos lo podíamos creer! ¡Qué suerte! Enseguida las recogimos y nos fuimos en dirección a la terminal, donde mis padres nos esperaban para volver a casa: casi una hora en coche hasta casa. ¡Aaaainnsss! Por cierto, que nos paró un “amable” guardia civil en la aduana y nos hizo abrir TODAS las maletas. El tío debió vernos cara de delincuentes o algo, porque fuimos los últimos en salir de allí. Aunque, por otra parte, imagino que los caretos que llevábamos eran para pararnos…

En fin, ahora sí, ahora el viaje había llegado a su punto y final. Como conclusión, aunque creo que ya lo he dicho anteriormente, para mí fue uno de los viajes más bonitos que hayamos hecho.

THANK YOU WEST COAST!!!