Viernes, 25 de Mayo de 2018.

Para hoy habíamos puesto el despertador tempranito, ya que el desayuno, al igual que la cena, se servía en la habitación y no queríamos que nos pillasen durmiendo. Total, que a las 07:30 en punto estábamos listos y a esa hora llegó el monje a quitar los futones y servirnos “la comida más importante del día”. ¿Y por qué lo entrecomillo, os preguntaréis? Jaja… Pues porque el desayuno también era completamente vegano y… ¡se nos habían acabado las provisiones que habíamos llevado! ¡Oh no! La cena había tenido un pase, pero encontrarte con lo  mismo para el desayuno… ni el arroz nos libró esta vez.
Pero bueno, sabíamos a lo que íbamos, así que comimos lo que pudimos. No podemos quejarnos porque las reglas allí son esas y, si no estás dispuesto, pues mejor que no vayas, ¿no? 😉

desayuno Ekoin

Terminamos -más o menos- nuestro desayuno, recogimos todo, hicimos el check-out y nos despedimos de nuestros anfitriones. Realmente os recomendamos a todos aquellos que tengáis intención de ir a Japón, que reservéis en vuestros planes un par de días para ir a Koyasan; además de que la experiencia en el templo es sumamente interesante, el lugar es precioso.

El plan era volver al cementerio de Okunoin para verlo durante el día, porque la visita nocturna nos dejó con ganas. Así que pusimos rumbo hacia allí (unos 15 minutos desde el templo), pero antes vimos un lugar al que tuvimos que ir sí o sí: ¡una cafetería! Jajaja… Allí nos tomamos el segundo desayuno del día, este un poco “menos vegano”:

desayuno Koyasan

Ya con las pilas bien recargadas, comenzamos la visita al cementerio que, durante el día, se ve completamente distinto.

Como os contaba en el último post, el cementerio Okunoin es el más grande de Japón: se extiende a lo largo de más de 2 kilómetros y cuenta con más de 200.000 tumbas. Éstas se encuentran situadas a ambos lados de un sendero que serpentea a través de grandes cedros.

Cementerio Okunoin 1

Cementerio Okunoin 2

Cementerio Okunoin 3

Recorrimos todo el sendero parándonos cada poco en las tumbas y lugares que más nos llamaban la atención, que eran muchos y de todo tipo…

Cementerio Okunoin 4

Cementerio Okunoin 5

Cementerio Okunoin 6

Cementerio Okunoin 7

Cementerio Okunoin 8

Cementerio Okunoin 9

Y finalmente llegamos de nuevo a la zona más sagrada de todo el cementerio: el lugar donde se halla enterrado Kobo Daishi, aunque, de acuerdo con el pensamiento de esta escuela del budismo, la shingon, no está muerto sino en una meditación eterna.
No os lo había contado, pero para acceder a esta parte del cementerio, hay que llevar a cabo un ritual de limpieza que el monje que nos había acompañado la noche anterior, nos enseñó: a la entrada hay una serie de fuentes con varias estatuas de Buda, con cuya agua tienes que lavarte las manos usando los típicos cacitos de las abluciones, y luego echarle a la estatua que hay frente a ti otro poquito de agua. Y, por supuestísimo, así lo hicimos tanto Sergio como yo…

ablución Sergio Okunoin

ablución Lidia Okunoin
A partir de este punto, está prohibido hacer fotos por respeto a Kobo Daishi.

Nuestra visita al Okunoin duró como unas 2 horas, tras las cuales volvimos a hacer el camino contrario al que nos había llevado  a Koyasan: bus, funicular, trenes y metro.
Llegamos de nuevo a Kioto a la hora de comer… ¡y teníamos mucha hambre! Así que como estábamos en la estación aprovechamos para comer allí antes de irnos al hotel. A los dos nos apetecía sushi, así que buscamos un restaurante kaitenzushi y allí nos pusimos las botas. Y para muestra, un botón; aquí, los platos que nos zampamos:

kaitenzushi

kaitenzushi

Con la gran “fartura”, como decimos por nuestra tierra, volvimos al hotel, recogimos las maletas que nos habían guardado allí durante estos días fuera y descansamos un rato, tras lo cual volvimos a salir para lo que sería nuestra última tarde en Kioto.

Queríamos volver por la zona de Gion, a ver si en esta ocasión veíamos alguna maiko o geisha, pero en plan sin prisa, simplemente para deambular un poco y perdernos por sus callejuelas. Para ello, fuimos a la estación y buscamos un bus que nos dejara en la parada de Shijokawaramachi. Pero antes, tuvimos un pequeño encuentro que no habíamos tenido hasta ahora en este viaje -aunque sí muchos en el anterior-; y es que un grupo de estudiantes chicas nos pararon para pedirme a mí si podía firmarles en sus cuadernos y hacerme alguna pregunta en inglés. Es muy habitual que lo hagan cuando ven a algún occidental. Ya os digo que en el primer viaje, nos pasó muchísimo, sobre todo en los templos de Kioto.

firmas
Ahí me tenéis, cual estrella de Hollywood firmando autógrafos… ¡Jajaja!

Tras esta bonita anécdota, cogimos el bus ahora ya sí, que nos dejó en el barrio de Gion, por donde como os digo nos dedicamos a pasear tranquilamente. Había muchísima gente…

calle de Gion

… por lo que nos dedicamos a callejear por las calles aledañas, evitando lo más posible las calles principales y más transitadas.

callejuela de Gion
Y de repente, sin saber de dónde había salido, nos encontramos con una maiko… eso sí, de espalda. Nos quedamos tan asombrados, que apenas nos dio tiempo a sacarle una foto cuando ya se iba por otro callejón.
Y es que nosotros no somos como esas personas que persiguen a las geishas y parece que las acosan… ¡nos da una vergüenza horrible ver cosas así! Y nos parece una falta de respeto absoluta, porque ellas no son una atracción turística, sino que están realizando su trabajo. Así que, por favor, tened esto en cuenta: sí que podemos hacerles una foto, pero siempre sin molestarlas ni causarles ningún inconveniente. Al fin y al cabo, a nosotros no nos gustaría que nos hiciesen “acoso y derribo” mientras caminamos por la calle, ¿verdad?

maiko en Gion

Ya íbamos de regreso hacia la parada del bus para volver al hotel, cuando…

geisha en Gion

… ¡una geiko! Y lo mejor de todo es que estábamos solos en la calle con ella, así que pudimos sacarle esta foto desde una distancia prudencial, sin molestarla. ¡No os podéis imaginar la ilusión que me hizo verla tan cerquita! No podíamos tener mejor despedida de Kioto. 🙂

De vuelta al hotel, volvimos a preparar el equipaje y las mochilas porque nos volvíamos a cambiar de base. Las maletas nos iban a llegar a Tokio usando el TA-Q-BIN, un servicio que te permite enviar el equipaje desde cualquier parte del país y recibirlo en otro -excluyendo algunas regiones-. En nuestro caso lo hicimos directamente desde el hotel, y fueron ellos los que se encargaron de todo; es más, la chica de recepción que nos atendió incluso hizo una llamada al hotel de Tokio en el que nos hospedaríamos para asegurarse que les constase el envío. ¡Todo un ejemplo de amabilidad japonesa!

Y ya con todos los trámites cubiertos, nos fuimos a descansar, que ya tocaba. Al día siguiente nos esperaba un nuevo viaje en tren hacia otra ciudad que no conocíamos aún: Takayama.