Martes, 02 de Junio de 2015.
Pues nada, había llegado el día de la despedida. Hoy finalizaba nuestra aventura nipona que con tantas ganas habíamos comenzado hacía ya 17 días. El viaje había superado, de largo, todas nuestras expectativas y como siempre os he dicho desde que empezamos a contároslo, Japón nos enamoró desde el primer momento en que pusimos pie en él.

Con muchísima pena, desayunamos por última vez en nuestra fantástica habitación y comenzamos a preparar todas las maletas. ¿Por qué será que a las vueltas de los viajes –al menos en nuestro caso- siempre se hace más difícil empaquetarlo todo? Vaaaale…. por las compras…. Lo confieso. Jeje…

En fin, nuestro vuelo salía por la noche, así que teníamos tiempo de darnos una última vuelta. Decidimos quedarnos por Shinjuku, ya que no queríamos volver a cargar las PASMOs, y además tampoco habíamos pasado demasiado tiempo en lo que había sido “nuestro barrio” durante una semana.

Bajamos a la recepción e hicimos el check-out, dejando todas las maletas en consigna e indicándoles a los chicos que volveríamos a recogerlas a la tarde. Como siempre, no nos pusieron objeción alguna.
Salimos sin mochilas grandes ni cámaras, ya que queríamos ir lo más ligeros posible para hacer las últimas compras que teníamos previstas. Al fin y al cabo, ¡sería por las fotos que habíamos tomado!

En fin, pues de ese día no hay mucho más que contaros, la verdad. Lo primero que hicimos fue acercarnos hasta la estación de Shinjuku para comprar los tickets del autobús que nos llevaría a Haneda, y que salen desde una de las calles laterales de la estación. Todo muy indicado, no hay problemas. Lo único malo sería ir cargados con todo el equipaje y “atravesar” la multitud. Bueno, como iríamos con tiempo de sobra…
También -como os decía más arriba- hicimos un poco de shopping (las típicas compras de última hora) y, sobre todo, deambulamos por las calles de Shinjuku sin rumbo fijo.

Comimos en un restaurante de esos giratorios donde degustamos por última vez, un sabroso y recomendando sushi; y digo lo de “recomendado” porque una de las camareras que estaba por allí recogiendo y demás, a cada rato se acercaba a nosotros con la carta de las opciones que no pasaban por la cinta y nos decía –por señas- cuales eran los platos que ella consideraba que estaban más ricos. Nosotros aceptamos todos y ¡siempre acertaba! Última prueba de la amabilidad japonesa, que nos acompañó como sabéis durante todo el viaje, hasta el último día.

Después de comer nos sentamos en la terraza de uno de los “Starbucks” que hay en Shinjuku e hicimos tiempo hasta la hora en la que consideramos era apropiada para volver al hotel a recoger las maletas y volver a la estación para coger el bus hacia Haneda (el billete no tiene hora fijada; sale cada media hora si no recuerdo mal).

El autobús tarda unos 30 minutos en llegar al aeropuerto, desde donde salía nuestro vuelo con Air France, a las 23:45 horas.
Es un aeropuerto chiquitín en el que no hay mayor problema para orientarse. Tras esperar un rato, facturamos el equipaje y no nos quedaba más que esperar a la hora de embarcar. Se hizo un poco pesado, la verdad, porque tampoco hay mucho que hacer, aparte de mirar alguna que otra tienda, cenar y poco más…

El vuelo salió muy puntual y, a pesar de que durante todo el trayecto hubo bastantes turbulencias, nada demasiado grave. Yo, por increíble que pueda parecer porque no suelo dormir demasiado en los aviones, en esta ocasión lo hice durante ¡6 horas! Lo cual facilitó muchísimo, claro está, el viaje. El pobre Sergio, sin embargo, no pudo pegar ojo…

Aún así, cuando llegamos a París, donde teníamos que hacer una escala de unas 3 horas, estábamos muertos. Ese rato en el Charles de Gaulle (cuya terminal desde la que salíamos hacia Bilbao sí que era ínfima) fue de los más largos de nuestra vida. ¡Qué mal lo pasamos! Yo creo que si nos hubiésemos tirado a la larga en el suelo, allí nos habríamos quedado… Uff…

Tras el vuelo París-Bilbao en el que, ahora sí, Sergio cayó rendido antes de despegar, llegamos al aeropuerto vasco, recogimos sin problemas nuestro equipaje (en esta ocasión no tuvimos problemas de que nos comprobasen el equipaje) y llamamos al hotel (el mismo en el que nos habíamos quedado a la ida) para que nos viniera a recoger el shuttle.
Decidimos quedarnos a descansar ese día porque no teníamos ganas de meternos un viaje en autobús para regresar a casa después del palizón de los vuelos y esperas. En el hotel, nos debieron de ver tan exhaustos que, a pesar de ser las 10 de la mañana, nos dieron enseguida la primera habitación que les quedó libre y preparada.

Allí, en la habitación, pasamos la mayor parte del tiempo de sueño en sueño, hasta el día siguiente, que volvimos a coger un bus de la compañía Alsa que nos llevó a Oviedo, donde mis padres fueron a recogernos y donde, después de unos maravillosos días, pusimos punto y final a nuestra aventura nipona.

¡GRACIAS POR TODO, JAPÓN! ¡VOLVEREMOS A VERNOS!

ARIGATO